“Andaba de congreso…”

Lectura: 5 minutos

Que si es “turismo científico” o no, los congresos científicos representan una fuente inagotable de satisfacción personal y académica para aquellas personas que anhelan llegar a tener una carrera dentro de la investigación. De hecho, desde la perspectiva de un estudiante de ciencia, asistir a un evento de este estilo no es muy diferente de acudir a un festival de rock. Y es que, aunque la analogía no parece tan evidente, ambos, además de compartir un toque bastante social, pueden llegar a brindar una profunda inspiración a sus asistentes.

Para quienes han ido a un concierto, llegar a la cede implica recordar anécdotas de eventos pasados que suelen reforzar la esperanza de que, en esta ocasión, existan nuevas historias dignas de contar en el futuro. Como cuando ni la lluvia más intensa logró que perdieras aquella posición tan cercana al escenario donde se presentaría tu banda favorita. Quizá por ello es muy común que en los congresos se escuche hablar sobre las travesuras que algunos de los investigadores más respetados en la comunidad realizaron algunos años atrás. Al final, aquellas figuras y, en general, los miembros de la comunidad científica, además de generar conocimiento, no pierden la oportunidad de demostrar que no son ni más ni menos terrenales que cualquier otra persona o rockstar.

Y si por esta razón la llegada a eventos académicos es emocionante, por muchas más lo es permanecer varios días en ellos. Quizá la mera convivencia es una muy buena: los pasillos se convierten en oportunidades de formar nuevas amistades o el punto de reencuentro con rostros conocidos de congresos pasados. Incluso uno puede volver a convivir con sus amigos de la universidad después de mucho tiempo y actualizarse sobre sus andares. Pero, más que eso, para muchos estudiantes esta representa la primera oportunidad de mostrar su trabajo de manera directa ante la comunidad científica y de ser cuestionados. Lo interesante es que, si bien el reto puede ser abrumador, uno solo puede terminar con la satisfacción de haber compartido una serie de datos que hasta la fecha solo conocían un puñado de personas. De esta manera, si continuamos con la analogía, uno se convierte en ese performer arriba del escenario quien solo tiene algunos minutos para interpretar su música, su trabajo de meses. Y ¿quién no se emocionaría por compartir el producto derivado de su esfuerzo?

Después de repasar los programas del evento y de remarcar aquellas presentaciones/exposiciones que más acaparan tu atención, por admiración a la banda/ponente o por mera curiosidad, uno se dispone a acudir al escenario/sala donde se llevará a cabo el acto. Una vez situados, solo queda esperar para recibir esos estímulos, en forma de música o de información, que tendrán el potencial de echar a volar tu mente. En particular, aún cargo esa emoción que me generó el asistir a distintas exposiciones dentro del VII Congreso Mexicano de Ecología. La causa: las pláticas del simposio de ecología microbiana.

Ahí estaba, escuchando a la Dra. Silvia Pajares, una de las pocas especialistas en el país que se dedican a estudiar a los microorganismos de nuestros mares, hablar sobre la diversidad de microorganismos que viven en la zona de mínimo oxígeno del océano Pacífico, una región que se encuentran entre los 200-1500 m de profundidad y que presentan una baja concentración de este elemento, y sobre cómo regulan el ciclo del nitrógeno en los océanos. ¿La importancia de ello? Pues resulta que muchos de los procesos que mantienen a los ecosistemas marinos dependen de la actividad de dichos microorganismos. Pero no solo eso, ellos, en conjunto con los microbios de las otras dos zonas de mínimo oxígeno en el mundo, regulan entre el 30 y 50% de las emisiones de N hacia la atmósfera, incluyendo moléculas que podrían tener hasta 300 veces más potencial de efecto invernadero que el CO2.Para ese momento yo ya estaba maravillado, pues además de escuchar estos resultados, la forma en que se obtuvieron me pareció magnifica: imaginen viajar varias semanas en un buque, obtener muestras de agua del océano a distintas profundidades con ayuda de una especie de robot que mide variables químicas y físicas del agua, y analizar el ADN de los microorganismos presentes en esas muestras. Esa es la clase de imágenes que uno se forma en la cabeza mientras está estudiando biología y que sirven como motivación para continuar en el camino.

Zonas de mínimo oxígeno en el mundo. Obtenido de Bertagnolli y Steward (2018).

Pero bueno, por si eso no bastaba, quienes permanecimos en esa sala tuvimos la gran fortuna de que uno de los ponentes del día anterior se encontrara dentro del público. Así, durante su intervención en la ronda de preguntas, el estudiante de doctorado Andrés Domínguez, quien había hablado sobre la diversidad de los microorganismos que viven en el tracto respiratorio de las ballenas (ese lugar por donde expulsan vapor de agua), trajo la catarsis grupal a la sala: ¡sí! ¡Los microorganismos hallados por la Dra. Pajares a casi 1000 metros de profundidad eran los mismos hallados por el cuasi Dr. Domínguez en el agua exhalada por las ballenas! Si hay una palabra para describir este momento es “conmovedor”. Y es que, en distintas ocasiones, la parte bella y emocionante de la ciencia ocurre cuando los datos se conectan y generan explicaciones. En esta ocasión, ese momento ocurrió en directo y de manera colectiva. Si hay algo similar en el ambiente de la música a saber que las ballenas funcionan como una pala gigante que dispersa a los microorganismos en el océano, lo es escuchar “The great gig in the sky” o “fake plastic trees” en vivo.

Dra. Valeria Souza. Investigadora del Instituto de Ecología, UNAM. Foto: David Jaramillo.

Y para llegar a la cúspide de las emociones, tocó el turno de la Dra. Valeria Souza, en una especie de “Radio ga ga” en el Live Aid de 1985, pero en la ciencia y dentro de una sala pequeña y calurosa. Resultó que el grupo de la nueva integrante de la Academia Americana de Artes y Ciencias, en sus estudios más recientes en las lagunas de Cuatrociénegas, Coahuila, aquel lugar perfecto para tratar de investigar la evolución temprana de la vida, hallaron una poza por demás interesante a la cual nombraron “domo del Arqueano”. Ello debido a que ahí habitan microorganismos cuyo origen se sitúa en el periodo Arqueano, hace miles de millones de años, cuando el planeta aún no tenía altas cantidades de oxígeno en la atmósfera como hoy en día. Lo impresionante de este caso fue la muy alta diversidad de microbios que encontraron en el sitio: hablamos de cerca de 690 mil OTUs (técnicamente Unidades Taxonómicas Operacionales, o algo similar a especies) en un rango de 1.5 metros. En otras palabras: ¡México alberga uno de los ecosistemas más diversos del mundo! (o quizá el más diverso). Y para rematar: por la forma en que estos microorganismos emergen a la superficie de la poza cuando la lluvia lo permite, y son enterrados debajo del suelo cuando llega la época seca, la Dra. Souza se atrevió a dar una humilde sugerencia: la NASA debe de buscar vida debajo del suelo de Marte, no en su superficie. Y así es como la ciencia puede hacer volar tu imaginación hasta otros planetas.

Cuatrociénegas, Coahuila. Foto: David Jaramillo.
Vegetación en México. Obtenido de: SEMARNAT. 2016. Informe de la Situación del Medio Ambiente en México.

Sin embargo, las discusiones científicas en este tipo de eventos aterrizan de manera cada vez más frecuente en temas donde las alarmas están encendidas. Ese fue el caso de la charla magistral impartida por el Dr. Arturo Flores en el auditorio más amplio del congreso. Ahí, el investigador mostró los cambios que han existido en la vegetación del país a lo largo de 50 años. Quizá el momento cumbre de la presentación ocurrió al momento de presentarse dos mapas de la cobertura vegetal en distintos ecosistemas dentro del territorio nacional. Así, en el primero de ellos, el más antiguo, resaltaba un verdor inconfundible en toda la costa del Pacífico, en la región centro-sur del país y en la Península de Yucatán. Sin embargo, al avanzar a la diapositiva con el mapa más actualizado, para la inmensa mayoría nos fue imposible no tener una expresión tipo “pssss” o “pffff”. Lo que veíamos era el retrato de un país enrojecido (principalmente en Veracruz) que representaba una triste realidad: el territorio nacional ha perdido aproximadamente el 30% de la superficie cubierta por vegetación natural, la cual ha sido reemplazada para destinarse a actividades agropecuarias, urbanas y de infraestructura. Lo aún más trágico es que la mayor parte del 70% restante presenta algún grado de degradación, incluyendo ecosistemas como el de Cuatrociénegas que, aún con toda su diversidad y sus microorganismos prehistóricos, está siendo reemplazado por cultivos de alfalfa que alimentan a las vacas de cierta empresa lechera (cof cof La cof La). Y ya ni hablar de cómo ya se han secado algunas de las lagunas de este lugar como “Churince”…  Y sí, sabiendo que en el auditorio se encontraban la mayoría de los expertos en estudiar los ecosistemas de México, fue muy fácil imaginar la preocupación que se había generado en cada uno de ellos tras esa bomba. Derivado de esta situación, al final de la charla surgió la pregunta obligada y casi pesimista: ¿es posible revertirlo? Al parecer esa es y seguirá siendo LA pregunta.

Lagunas de Churince. Actualmente secas.

Cuando escuché en vivo “The glorious land” de PJ Harvey, la experiencia casi espiritual que me generó me hacía morir de ganas por contárselo a mis más cercanos. Lo mismo pasó cuando me decepcioné por la presentación de Tv on the radio en aquel Vive Latino 2012. Después de un congreso es posible que ocurra algo similar, pues uno busca difundir las buenas noticias y, quizá con más obsesión, las no tan buenas y las peores. Pero más allá de generar satisfacción personal y el deseo de compartir información per se, sobre todo en aquellos aspirantes a ser investigadores, solamente asistiendo a estos eventos es posible comprender con mayor intensidad que, actualmente, la ciencia no solo puede ser un auditorio abarrotado por personas que se retroalimentan en una preocupación que parece no tener fin. La información que se genera y comparte entre muros tiene un impacto dentro de un contexto social, por lo cual debe de ser descentralizada del gremio científico. Quizá esta y otras lecciones delimitan notablemente la diferencia entre “andar de congreso” y el “turismo científico”.

Ligas de interés:

Informe de la Situación del Medio Ambiente en México (SEMARNAT)
https://apps1.semarnat.gob.mx:8443/dgeia/informe15/tema/pdf/Informe15_completo.pdfhh

Blog de la Dra. Valeria Souza
http://souzacuatrocienegas.blogspot.com/

Memorias del VII Congreso Mexicano de Ecología
http://www.scme.mx/scme/congreso/MEMORIAS_VII_CONGRESO_MEXICANO_ECOLOGIA.pdf

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Facebook
Instagram
EMAIL
RSS