Viajar en transporte público es una actividad que, contrario a lo que uno podría pensar, puede resultar una actividad también enriquecedora desde una perspectiva intelectual. Si uno presta atención, es fácil recordar los principios básicos sobre inercia y familiarizarse con conceptos como velocidad o el efecto Doppler; incluso es posible cultivar bacterias en cajas de Petri. Fenómenos como los mencionados podrían no ser advertidos inmediatamente, sin embargo, existen otros que percibimos con mayor facilidad. Así, al concluir nuestro recorrido habremos experimentado nuestra capacidad fisiológica de termorregulación y, quizá por ello, perdido la oportunidad de tener nuevos conocidos.

Metro de la CDMX

Por situaciones como esta, el viaje que un estudiante realiza en promedio desde el lugar donde vive a su centro de estudios, por lo menos en México, puede ser tortuoso e incómodo, lo cual, sumado al cansancio que deriva de horas de estudio (en los casos que así sean), llega a ser todo un logro consumado al momento de entrar al aula. En dicho trayecto, es común que en el pensamiento del estudiante se crucen ideas que relacionan su área de estudio con el entorno inmediato, de manera que uno puede escribir líneas como las que abren este artículo. Sin embargo, hay un pensamiento que incluso puede llegar a ser persistente: ¿qué estará pasando por la mente de las otras personas? Una respuesta posible es que no estarán divagando sobre física cuántica, genética, ecología o historia del arte. Probablemente, sus preocupaciones son muy distintas a las que un educando podría tener, por ejemplo, la repartición de gastos para los útiles escolares de los hijos, el monto requerido para cubrir las necesidades familiares del mes (incluyendo transporte, comida, salud o la renta), el reporte de trabajo y los turnos extra.

De esta manera, es posible marcar una brecha cuyos límites, si bien no muy evidentes, por lo menos ligeramente claros, entre aquellas personas que llevan una vida laboral constante y la comunidad estudiantil. Son dos contextos distintos acompañados de sus intereses, preocupaciones, carencias y necesidades respectivas, pero que forman parte de un continuo en donde uno comúnmente antecede al otro. Hablamos entonces de la ruta que lleva a los estudiantes de su vida dentro de las aulas en distintos niveles educativos, hacia la aplicación de sus habilidades en distintos destinos, llámese posgrado, emprendimiento o empleo. En particular, en la vida de las personas que buscan dedicar su vida a la ciencia en México, este camino está acompañado de distintos problemas que van más allá de su interés por la labor que realizan. Esto representa un cúmulo de filtros que son comúnmente ignorados pero que influyen ampliamente en el tamaño de la comunidad científica y, por lo tanto, en los bienes que pueden ser obtenidos de la ciencia: el entendimiento y las bondades derivadas del mismo.

En México, el promedio de años que una persona dedica a la vida estudiantil es de 9.2 años, de acuerdo a los datos del INEGI en 2015. Esto significa que en el país el nivel de escolaridad de la mayor parte de sus pobladores es de poco más del 3er año de secundaria, lo cual representaba el 63.4% de la población adulta (25 a 64 años) en 2016. Además, en ese mismo año solo el 16.8% de los adultos había cursado la educación superior, la proporción más baja entre los países de la OCDE, en donde el promedio es del 36.7%.

Estos datos corresponden a un punto específico en el tiempo, sin embargo, podemos pensar en ellos como una fotografía tomada en 2016 que nos puede ayudar a inferir el pasado. Por lo tanto ¿qué nos dice el pasado? Que en México la mayor parte de la población tuvo acceso a la educación básica, aunque solo una pequeña fracción pudo ingresar, cursar y finalizar sus estudios medio superiores (bachillerato) y superiores (universidad). Las cifras exactas en 2015 se observan en esta gráfica:

Porcentaje de ingresos y egresos en los niveles medio superior y superior en México

Ahora, a tan poco tiempo de haber sido tomada la foto, podemos pensar que esa situación no ha cambiado mucho y que sigue siendo el contexto general de este país, lo cual nos sugiere una realidad alarmante: en México muchas personas se quedan en el camino.Pero, ¿cuáles son las razones de esta situación? Entre los principales motivos encontramos el hecho de que una alta porción de la población presenta un nivel económico desfavorable que le impide continuar estudiando, la desigualdad de género (donde ser mujer reduce las posibilidades de acceder a la educación superior), hablar una lengua diferente a la que se usa en la escuela, asistir a una escuela rural, una escasa cobertura educativa en distintas zonas del territorio nacional y, en general, un gasto público bajo por cada alumno, el cual corresponde a un promedio de 3,703 dólares (comparado con el promedio de 10, 759 dólares de la OCDE). Lo anterior se puede interpretar como una desigualdad en las oportunidades de acceso a niveles de educación superior entre la población que, además, está acompañado por una alta deserción escolar de los universitarios debido a una falta de interés por el estudio o por situaciones económicas.

Pese a estos hechos desafortunados, existen personas que tienen acceso a la universidad y la culminan, lo cual, dentro del contexto del país, es un logro importante. Así, los egresados universitarios logran estar listos para ingresar en el mundo laboral o continuar sus estudios de posgrado. En este último caso, solo el 4% de los estudiantes con los niveles medio superior y superior cubiertos, logra ingresar por primera vez al nivel de maestría, cifra que se reduce al 0.4% respecto al ingreso al doctorado. Nuevamente estos números son inferiores a la media de los países que pertenecen a la OCDE, donde los porcentajes corresponden al 23% y 2.4%, respectivamente. Es muy probable que esta situación repercuta en que, en el territorio nacional, haya una población muy pequeña de personas con estudios de posgrado.

Porcentaje de la población adulta (25-64 años) que cuenta con estudios de posgrado en México

De cualquier manera, una pequeña fracción de la población estudia y se gradúa de distintas áreas, ya sea a nivel universitario o posgrado. Entre estas personas, los estudiantes de ciencias empresariales, administración y derecho, representan el mayor porcentaje de los egresados (34%), seguidos por otras áreas. Sin embargo, resulta llamativo que los alumnos que estudiaron ciencias naturales, matemáticas y estadística, solo representan el 3% de los egresados.

Porcentaje de egresados por área de estudio en México
Entre tantas cifras, podemos ver que la cantidad total de personas que potencialmente podría estudiar alguna ciencia, se diluye tajantemente conforme se cursan progresivamente los distintos niveles educativos, de manera que finalmente obtenemos una fracción efectiva bastante pequeña de egresados científicos. 
Número de Doctores en Ciencias graduados anualmente en México y Estados Unidos

Esto evidentemente se traduce en que en el país exista una comunidad científica muy reducida. De hecho, según los datos del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (CONACYT) de 2017, México cuenta con solo 0.5 científicos por cada mil personas económicamente activas, mientras que el Sistema Nacional de Investigadores tiene aproximadamente 27200 miembros (pertenecientes a las ciencias sociales, naturales, agropecuarias, de la salud, matemáticas, humanidades e ingenierías). Esto contrasta con países como Canadá y Estados Unidos donde hay más de 8 investigadores por cada mil habitantes. Quizá por ello no es raro que los alumnos de ciencias adquieran poco a poco un sentimiento de pertenencia a una comunidad aislada conforme avanzan sus estudios, o que exista una escasa cultura científica en el país.

Aunado a esto y a la falta de oportunidades de estudio básico y universitario, en México el Gasto en Investigación y Desarrollo Experimental (GIDE), es decir, el gasto destinado a producir conocimiento nuevo en ciencia básica o aplicada y desarrollo experimental, corresponde al 0.46% del PIB, muy por debajo del 1% mínimo estipulado en la Ley de Ciencia y Tecnología (Artículo 9 BIS). Esto es importante si consideramos que los países desarrollados dedican entre el 1.5% y el 4.2% de su PIB al GIDE, como en los casos de Estados Unidos con el 2.9% o el promedio de 2.4% para los miembros de la OCDE.

En este punto vale la pena cuestionar ¿existe un beneficio en que una sociedad disponga de ciencia y de científicos? La respuesta se encuentra en el entendimiento, uno de los productos directos más notables de la ciencia. En general, comprender cómo ocurren las cosas puede llegar a brindar una alta satisfacción personal (todos hemos llegado a vivir ese “¡eureka!” y la emoción consecuente). Sin embargo, la satisfacción puede convertirse en beneficio en el momento en el que el entendimiento se convierte en utilidad. La ciencia, más allá de generar conocimiento per se, cubre esta gama de posibilidades al tratar de dilucidar de manera confiable las causas de distintos fenómenos. De esta manera, permite resolver diversos problemas a partir de comprender los factores involucrados. Algunos ejemplos incluyen la creación de vacunas y el uso de antibióticos, lo cual ha permitido prolongar la esperanza de vida de las personas. Por lo anterior, no es trivial que los países que hacen una alta inversión en ciencia, tengan un alto nivel de desarrollo y de bienestar de sus ciudadanos.

Considerando esto, ahora es posible establecer una relación entre las estadísticas educativas con los productos derivados de la ciencia: los números establecen los límites que dan forma a la ruta que conduce a las personas por distintos niveles educativos hasta culminar una formación científica. Este es el camino que conduce al entendimiento, uno que es capaz de brindar beneficios individuales y colectivos en las sociedades. En el país, esta ruta es sinuosa y puede ser recorrida de distintas formas. Desafortunadamente, en la mayoría de los casos, el sendero es lo suficientemente estrecho como para impedir que una inmensa mayoría pueda aproximarse a la meta, o que siquiera los andantes puedan tomar una decisión respecto a si es el rumbo correcto o no. Incluso, aquellos que definen a este como el adecuado, suelen encontrar una serie de obstáculos ajenos a sus intereses, lo cual nos deja ver que, en México, se necesita más que el interés para ser científico.

Es necesario continuar fomentando la cultura científica en el país

Por su parte, para los integrantes de la minoría restante que accede a estudiar ciencia o a concluir sus estudios, los números les permite reconocerse como parte de la misma. Además, funcionan como un recordatorio del trayecto que tuvieron que recorrer para llegar hasta su posición, es decir, las historias de frustración, los problemas familiares, económicos, los fracasos escolares, los desvelos o las horas vividas en el transporte público. Sobre todo, estos números les debería de indicar la necesidad de salir de su zona privilegiada y contribuir a incrementar la cultura científica de la población, además de orientar la vocación de las generaciones venideras hacia una actividad humana del todo satisfactoria: la ciencia. Este tipo de acciones, aunadas al impulso de la educación básica, media superior y superior, la creación de oportunidades de estudio, la elección de representantes que favorezcan la educación, el aumento en el gasto en investigación, la apertura de plazas para investigadores o la reducción de la fuga de cerebros, permitirían hacer de la ciencia en México más una prioridad y menos un objeto indicador de rezago. En la medida en que el sendero que conduce al entendimiento científico se amplíe, podremos obtener más beneficios del mismo.

 

Si quieres consultar los datos oficiales de la OCDE y más información relacionada con este artículo, da click en las siguientes ligas:

Indicadores de la OCDE 2017

Datos públicos del CONACYT

Ciencia en México y reducción de becas CONACYT

Fuga de científicos en México

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